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profundo del ser" (Jr 31, 33), donde la persona se decide o no por Dios (cf Dt 6, 5; 29, 3; Is 29, 13; Ez
36, 26; Mt 6, 21; Lc 8, 15; Rm 5, 5).
III. "HOMBRE Y MUJER LOS CREO"
Igualdad y diferencia queridas por Dios
369. El hombre y la mujer son creados, es decir, son queridos por Dios: por una parte, en una perfecta
igualdad en tanto que personas humanas, y por otra, en su ser respectivo de hombre y de mujer. "Ser
hombre", "ser mujer" es una realidad buena y querida por Dios: el hombre y la mujer tienen una
dignidad que nunca se pierde, que viene inmediatamente de Dios su creador (cf Gn 2, 7.22). El hombre
y la mujer son, con la misma dignidad, "imagen de Dios". En su "ser-hombre" y su "ser-mujer" reflejan
la sabidur�a y la bondad del Creador.
370. Dios no es, en modo alguno, a imagen del hombre. No es ni hombre ni mujer. Dios es esp�ritu
puro, en el cual no hay lugar para la diferencia de sexos. Pero las "perfecciones" del hombre y de la
mujer reflejan algo de la infinita perfección de Dios: las de una madre (cf Is 49, 14-15; 66, 13; Sal 131,
2-3) y las de un padre y esposo (cf Os 11, 1-4; Jr 3, 4-19)
"El uno para el otro", "una unidad de dos"
371. Creados a la vez, el hombre y la mujer son queridos por Dios el uno para el otro. La Palabra de
Dios nos lo hace entender mediante diversos acentos del texto sagrado. "No es bueno que el hombre
est� solo. Voy a hacerle una ayuda adecuada" (Gn 2, 18). Ninguno de los animales es "ayuda
adecuada" para el hombre (Gn 2, 19-20). La mujer, que Dios "forma" de la costilla del hombre y
presenta a �ste, despierta en �l un grito de admiración, una exclamación de amor y de comunión: "Esta
vez s� que es hueso de mis huesos y carne de mi carne" (Gn 2, 23). El hombre descubre en la mujer
como un otro "yo", de la misma humanidad.
372. El hombre y la mujer est�n hechos "el uno para el otro": no que Dios los haya hecho "a medias" e
"incompletos"; los ha creado para una comunión de personas, en la que cada uno puede ser "ayuda"
para el otro porque son a la vez iguales en cuanto personas ("hueso de mis huesos...") y
complementarios en cuanto masculino y femenino. En el matrimonio, Dios los une de manera que,
formando "una sola carne" (Gn 2, 24), puedan transmitir la vida humana: "Sed fecundos y multiplicaos
y llenad la tierra" (Gn 1, 28). Al transmitir a sus descendientes la vida humana, el hombre y la mujer,
como esposos y padres, cooperan de una manera �nica en la obra del Creador (cf GS 50, 1).
373. En el plan de Dios, el hombre y la mujer est�n llamados a "someter" la tierra (Gn 1, 28) como
"administradores" de Dios. Esta soberan�a no debe ser un dominio arbitrario y destructor. A imagen del
Creador, "que ama todo lo que existe" (Sb 11, 24), el hombre y la mujer son llamados a participar en la
providencia divina respecto a las otras cosas creadas. De ah� su responsabilidad frente al mundo que
Dios les ha confiado.
IV. EL HOMBRE EN EL PARAISO
374. El primer hombre fue no solamente creado bueno, sino tambi�n constituido en la amistad con su
creador y en armon�a consigo mismo y con la creación en torno a �l; amistad y armon�a tales que no
ser�n superadas m�s que por la gloria de la nueva creación en Cristo.
375. La Iglesia, interpretando de manera aut�ntica el simbolismo del lenguaje b�blico a la luz del
Nuevo Testamento y de la Tradición, ense�a que nuestros primeros padres Ad�n y Eva fueron
constituidos en un estado "de santidad y de justicia original" (Cc.de Trento: DS 1511). Esta gracia de la
santidad original era una"participación de la vida divina" (LG 2).
376. Por la irradiación de esta gracia, todas las dimensiones de la vida del hombre estaban fortalecidas.
Mientras permaneciese en la intimidad divina, el hombre no deb�a ni morir (cf Gn 2, 17; 3, 19) ni sufrir
(cf Gn 3, 16). La armon�a interior de la persona humana, la armon�a entre el hombre y la mujer, y, por
�ltimo, la armon�a entre la primera pareja y toda la creación constitu�a el estado llamado "justicia
original".
377. El "dominio" del mundo que Dios hab�a concedido al hombre desde el comienzo, se realizaba
ante todo dentro del hombre mismo como dominio de s�. El hombre estaba �ntegro y ordenado en todo
su ser por estar libre de la triple concupiscencia (cf 1 Jn 2, 16), que lo somete a los placeres de los
sentidos, a la apetencia de los bienes terrenos y a la afirmación de s� contra los imperativos de la razón.
378. Signo de la familiaridad con Dios es el hecho de que Dios lo coloca en el jard�n (cf Gn 2, 8). Vive
all� "para cultivar la tierra y guardarla" (Gn 2, 15): el trabajo no le es penoso (cf Gn 3, 17-19), sino que
es la colaboración del hombre y de la mujer con Dios en el perfeccionamiento de la creación visible.
379. Toda esta armon�a de la justicia original, prevista para el hombre por designio de Dios, se perder�
por el pecado de nuestros primeros padres.
RESUMEN
380. "A imagen tuya creaste al hombre y le encomendaste el universo entero, para que, sirvi�ndote
sólo a ti, su Creador; dominara todo lo creado" (MR, Plegaria eucar�stica IV, 118).
381. El hombre es predestinado a reproducir la imagen del Hijo de Dios hecho hombre -"imagen del
Dios invisible" (Col 1, 15)-, para que Cristo sea el primog�nito de una multitud de hermanos y de
hermanas (cf Ef 1, 3-6; Rm 8, 29).
382. El hombre es "corpore et anima unus" ("una unidad de cuerpo y alma", GS 14, 1). La doctrina de
la fe afirma que el alma espiritual e inmortal es creada de forma inmediata por Dios.
383. "Dios no creó al hombre solo: en efecto, desde el principio 'los creó hombre y mujer' (Gn 1, 27).
Esta asociación constituye la primera forma de comunión entre personas" (GS 12, 4).
384. La revelación nos da a conocer el estado de santidad y de justicia originales del hombre y la
mujer antes del pecado: de su amistad con Dios nac�a la felicidad de su existencia en el para�so.
P�rrafo 7: LA CAIDA
385. Dios es infinitamente bueno y todas sus obras son buenas. Sin embargo, nadie escapa a la
experiencia del sufrimiento, de los males en la naturaleza que aparecen como ligados a los l�mites
propios de las criaturas-, y sobre todo a la cuestión del mal moral. �De dónde viene el mal?
"Quaerebam unde malum et nonerat exitus" ("Buscaba el origen del mal y no encontraba solución")
dice S. Agust�n (conf. 7, 7.11), y su propia b�squeda dolorosa sólo encontrar� salida en su conversión [ Pobierz całość w formacie PDF ]

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